En julio de 2007 Enrique Bañuelos presentaba su dimisión como Presidente de Astroc Mediterráneo, conglomerado creado en poco más de diez años por este empresario desde Puerto Sagunto.
Licenciado en Derecho por la Universitat de Valencia, después de desarrollar la Prestación Social Sustitutoria del Servicio Militar en el Departamento de Urbanismo del Ajuntament de Sagunt, Bañuelos fue uno de los pioneros en la interpretación y desarrollo de la extinta Ley Reguladora de la Actividad Urbanística de la Comunitat Valenciana.
Tras lograr un fuerte dominio de Canet d´en Berenguer (de hecho, gran parte de su nueva trama urbana en la zona de costa fue desarrollada por las empresas controladas por Bañuelos) llegó el momento de dar el gran salto, para lo que compartió proyectos con buena parte del sector inmobiliario y financiero valenciano, así como con anónimos empresarios norteamericanos.
Bañuelos ya era millonario cuando decidió catapultar a Astroc al Olimpo de las cotizadas. Pero el dinero no lo es todo, aunque parece que ayuda. Con esta operación Bañuelos logró codearse con lo más selecto del mundo financiero de España (llegó a controlar participaciones significativas en el capital de importantes entidades bancarias), incrementar su popularidad (que hasta ese momento no había considerado oportuno potenciar) y lanzar su patrimonio personal. De hecho, consiguió colocar un paquete accionarial de la empresa incluso a Amancio Ortega, fundador de Inditex, que es considerado en la actualidad el hombre más rico de España.
La salida a Bolsa de Astroc le permitió -temporalmente, aunque no es poco- convertirse en el tercer español más rico de la época, según la clasificación de la lista Forbes de fortunas internacionales.
A pesar de lo anterior, en febrero de 2007 la historia de Astroc (que recibe su nombre de la alteración de su apellido materno, Castro) cambió para siempre. Desde su salida a Bolsa en mayo de 2006 había subido su cotización desde los 6,40 euros hasta casi los 75 euros, en unos pocos meses se anunciaba un split, adquisiones de otras empresas de mayor capitalización, expansión internacional…
No obstante, en febrero de 2007 la empresa inmobiliaria saguntina acaparó importantes y negativos titulares en la prensa económica. Cual castillo de naipes, el holding que había posibilitado en pocos meses al joven Bañuelos llegar a lo casi imposible (nació en 1966), empezó a derrumbarse, lo que la convirtió en el icono del ocaso inmobiliario español.
Es difícil valorar el actual patrimonio del valenciano, pues siempre ha realizado complejas estructuras sociales en sus mercantiles participadas. Lo que está claro es que las circunstancias sobrevenidas o su visión empresarial le llevaron a vender a tiempo y a buen precio -a pesar de los pesares- la mayoría de participaciones de Astroc.
Efectivamente, con la mera perspectiva del corto plazo, ¿cuánto vale hoy, apenas dos años después, una empresa inmobiliaria en España, atendiendo a la crisis existente y considerando que hasta las grandes firmas del sector están reconociendo dificultades, a veces insalvables?
Pero además, Bañuelos y su equipo, presuntamente enajenaron -antes de la OPV- gran parte del patrimonio más atractivo de Astroc (antes Terra Canet y hoy rebautizada como Afirma Grupo Inmobiliario) a compañías controladas, tales como CV CAPITAL S.L. Esto último no es ninguna primicia, ya que se hacía constar en la información publicada en su OPV.
Lo anterior porque Astroc -muy inteligentemente- no tenía intención de convertirse -como hecho diferencial- en una mera empresa inmobiliaria o de explotación patrimonial al uso (ParquelSol y Renta Corporación ya había debutado en Bolsa tímidamente en estos ámbitos), sino que aspiraba a ser la empresa de referencia internacional sobre gestión de proyectos urbanísticos, la especialidad del empresario.
Tras su dimisión como Presidente de Astroc, muchos se frotaron las manos y dieron a Bañuelos de Castro por agotado (por no decir otra palabra más desagradable). Probablemente porque subestiman su inteligencia, ambición y gran olfato político y económico.
Pero tal y como dice acertádamente la frase célebre, de todos los peligros, el mayor es subestimar al enemigo.
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